Marte, nuestro hermano menor de correrías por el cosmos

Ante todo, veamos de qué estamos hablando a situarnos. Porque se supone que todo el mundo sabe que Marte es el planeta, que está cerca de la Tierra, que muchas naves se han posado allí y algunos vehículos automáticos comienzan a recorrer su superficie… Y eso es estimulante, sin duda. Pero lo más curioso del asunto es que, en el pasado, incluso en épocas muy remotas, Marte ya era famoso. De hecho, quizá el más famosos de los habitantes del zoo estelar, aun no siendo el más brillante ni el más llamativo… excepto por su color rojo. 

Hoy sabemos que no es ni el planeta más cercano a la Tierra, lo es Venus aunque no por mucho, ni siquiera el más parecido a nosotros en tamaño, que también lo es Venus. Pero, eso sí, siempre le vemos entero, no con forma decreciente o menguante, muy brillante eso sí pero prácticamente nunca redondo del todo, suponiendo que eso pudiera apreciarse a simple vista. Porque Marte sí es el planeta exterior a la órbita terrestre más próximo a nosotros; la órbita de Venus está más cerca del Sol, y por eso según su posición relativa respecto a nosotros, lo vemos, como la Luna, en sus distintas fases. Y, además, unas veces aparece por el Este de noche, poco antes del alba, o bien se pone por el oeste, poco después del ocaso solar.

Ya hemos visto que Marte siempre despertó la curiosidad de los humanos, incluso en la época de las cavernas, antes de iniciarse el actual Periodo Holoceno hace 11.000 años, durante la última glaciación. Es más que probable que nuestros antepasados cromañones miraran al cielo nocturno, cuando el tiempo gélido se despejaba de nubes, viendo estrellas muy variadas, más o menos brillantes, de las que sólo muy pocas mostraban destellos rojizos, y una sola parecía según los meses mayor o menor en tamaño y brillo, pero siempre rojiza y siempre muy brillante.

El color rojo, la sangre… La analogía debía ser muy sencilla. Y por eso en todas las mitologías astrales primitivas Marte siempre fue asimilado a la guerra y la crueldad. Los babilonios asociaron a Marte con Nergal, su dios de la guerra, los griegos también conectaron al planeta con su dios de la guerra, al que llamaron Ares. Y es bien sabido que los romanos llamaron al dios de la guerra Mars, en español Marte.

Ares era hijo de Zeus y Hera en la mitología helena, pero tenía mala fama: era el dios de la guerra pero también de la crueldad, y disfrutaba con las matanzas y la sangre. Le odiaban todos los dioses del Olimpo excepto, claro, su amante, Afrodita (el planeta Venus) y el dios de los infiernos Hades, por razones obvias porque era su mejor proveedor de habitantes eternos del averno…

En cambio, en la posterior mitología romana, Marte era nada menos que el padre de Rómulo y Remo, fundadores de Roma. Era un dios venerado, y aunque se le asociaba con la sangre de las batallas, no era un dios cruel sino viril y fuerte, razón por la dominaba todas las batallas. Su amante era Venus, la Afrodita griega, diosa de la belleza y la fecundidad… Obvio; la mitología romana, salvo en los nombres y algunos detalles, es muy similar a la griega, en la que se inspiró. 

Los árabes no tuvieron una mitología precisa asociada a los planetas. Probablemente inspirada en la romana, solían asimilar los dioses a deidades o algo parecido que en realidad eran solo conocidas por tribus dispersas, sin que hubiese una mitología comúnmente aceptada por todos. Antes de Mahoma, Marte era asimilable al dios Dizares, que propiciaba las guerras y las victorias. 

El conocimiento del planeta Marte, y el de los demás astros principales del firmamento, fue creciendo exponencialmente a medida que iban mejorando los métodos de observación y medida. Tolomeo introdujo su teoría de los epiciclos, para explicar el aparente movimiento retrógrado del planeta rojo visto desde la Tierra. Era contrario a la doctrina aristotélica de los círculos perfectos, y los árabes de la Edad Media no lo aceptaban así, aunque sí el mundo cristiano, porque sin contradecir lo que decía la Iglesia, explicaba bien lo que se observaba a simple vista.

Galileo el primero que utilizó un aparato óptico para ampliar la visión del Cosmos a comienzos del siglo XVII. Y desde entonces, con la mejora de los instrumentos ópticos, hemos ido obteniendo datos cada vez más precisos acerca del planeta rojo, que iba quedando desposeído de su aureola mítica guerrera para quedarse en lo que es, un planeta más del Sistema Solar…

Pero su color rojo seguía llamando la atención de las diversas civilizaciones incluso hasta el siglo XIX, cuando ya comenzó a ser observado como lo que era, un planeta cercano y cuya superficie podía ser observada con cierta nitidez. Algo imposible con Venus, permanentemente cubierto por una capa de densísimas nubes corrosivas a una temperatura de 400 grados… 

La ficción se apoderó enseguida de la idea de un planeta cercano a la Tierra y potencialmente habitable, descartando a la Luna porque hace poco más de un siglo ya se sabía que en nuestro satélite no había aire. Eso sí, mucho antes ya había imaginado el caballero Hercule-Savinien de Cyrano de Bergerac, a comienzos del siglo XVII (cuando Galileo hacía sus trascendentales descubrimientos), un viaje a nuestro satélite en sus fantasiosos libros “Historia cómica de los Estados e imperios de la Luna (1657) e Historia cómica de los Estados e imperios del Sol (1662), en los que narra su propio viaje a bordo de una máquina voladora no especificada…; por cierto aquel Cyrano de verdad no tuvo mucho que ver con el héroe romántico de la famosa obra de teatro de Edmond Rostand, estrenada en 1897, aunque fue un notable espadachín pendenciero, guerreó en muchas batallas y murió muy joven, con sólo 36 años.

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Voltaire, a mediados del siglo XVIII, escribió uno de sus cuentos filosóficos, Micromégas, en el que describe la visita a la Tierra de un habitante de Sirio y de un amigo suyo de Saturno. Menciona en el cuento a Fobos y Deimos, los dos satélites marcianos, aunque no serían descubiertos oficialmente hasta 1877 en el Observatorio Naval norteamericano cerca de Washington. ¿Coincidencia? Por si acaso, uno de los cráteres principales de Deimos lleva el nombre de Voltaire…

Y ya bien entrado el siglo XX, cuando científicos e ingenieros rusos, alemanes y estadounidenses trabajaban en poder llevar a cabo aquellos imaginarios viajes, casi todos tuvieron claras desde el principio las aplicaciones militares de todo aquello. Y sabían bien que la Luna no era el objetivo último, sino una estación intermedia desde la que poner rumbo a otros planetas con menor coste de lanzamientos. Empezando, claro, está, por Marte. 

Porque el imaginario colectivo se había enfervorizado con el planeta rojo gracias al enorme éxito de los libros sobre Barsoom, nombre imaginario de Marte ideado por el fecundo Edgar Rice Burroughs, y su héroe aventurero John Carter, compañero de fatigas, aunque no de escenario geográfico, del otro gran héroe del mismo autor, el conocido Tarzán de los Monos. Ambas series de novelas cortas se iniciaron en 1912 y pronto alcanzaron un éxito resonante. Las aventuras de Carter en Marte fueron muy populares a escala americana, e incluso europea, pero a la larga fue eclipsada por la fama de Tarzán cuando, ya en la segunda mitad del siglo XX quedó claro que en Marte ni había canales tecnológicos ni habitantes comparables a nosotros.

Lo de los canales de Marte es una historia aparte, aunque al final la controversia que se generó en los primeros años del siglo veinte contribuyó a hacer del planeta rojo uno de los más populares de todos los tiempos. 

Un famoso astrónomo, Schiaparelli (1835-1910), en una de sus publicaciones sobre sus observaciones con telescopio, llamó canales a ciertas líneas que parecía observar en su superficie. Aquello se hizo tremendamente popular a finales del siglo XIX, dando lugar a la teoría casi generalizada de que el planeta estaba habitado por seres inteligentes. En realidad, Schiaparelli no fue tan lejos; literalmente escribió en 1895, refiriéndose a la vida en Marte: “Más que verdaderos canales debemos imaginar depresiones del suelo no muy profundas, extendiéndose en dirección rectilínea por miles de kilómetros, con un ancho de 100, 200 o más kilómetro. De no existir mucha lluvia en Marte, estos canales son probablemente el principal mecanismo mediante el cual el agua (y con él la vida orgánica) pudiera extenderse sobre la superficie seca del planeta”.

Pero en inglés se tradujo “canali” por “canals”, no por “channels” que hubiera sido lo correcto. Lo primero es de origen humano, lo segundo es natural…

La fiebre de la vida en Marte floreció gracias a esta confusión, y fue acrecentada posteriormente por otro famoso astrónomo, Percival Lowell, quien publicó en 1906 un libro sobre Marte y sus canales, y dos años después otro sobre “Marte como morada de la vida”. Afirmaba que esos canales eran enormes obras de ingeniería hidráulica diseñadas para administrar mejor los escasos recursos hídricos del planeta.

Claro que otros científicos pusieron en duda todo eso, pero eran minoritarios. Quizá el más famoso fue el naturalista inglés Alfred Russel Wallace, coautor de la teoría de la evolución junto a Darwin. En su libro “¿Es Marte habitable?, aparecido en 1907, criticó la tesis de Lowell, aduciendo que la temperatura y la presión atmosférica del planeta eran demasiado bajas para hubiera agua líquida, y que todos los análisis habían excluido la presencia de vapor de agua en la atmósfera marciana.

No importa, claro. La fama de Marte y sus marcianos derivó en toda clase de productos literarios, radiofónicos y periodísticos, en los que lo normal era que aquellos habitantes fueran belicosos y con ganas de invadirnos. El auge de los platillos volantes y los marcianos crueles e invasores se hizo casi general en esa época de mediados del siglo veinte, y la mayoría de las personas pensaban que eran extraterrestres, por supuesto, pero sobre todo marcianos.

Contribuyó no poco el éxito de la célebre novela de H.G.Wells (Herbert George), editada en 1898, y sobre todo la adaptación radiofónica sumamente realista que hizo de ella el joven Orson Welles, en 1938, haciendo creer a la audiencia que los marcianos invadían Nueva Jersey lo que creó una ola de pánico que se extendió a toda Norteamérica y más tarde a Europa. Welles, el cineasta, deshizo el equívoco, pero era ya tarde: Marte y sus marcianos se habían asentado firmemente en el imaginario colectivo.

Al margen de sus excentricidades, Percival Lowell fue un notable observador astronómico y estuvo a punto de descubrir Plutón, aunque murió en 1916 y el hoy planeta enano no fue descubierto hasta 1930, por Clyde Tombaugh. Pero muy pronto lo de los canales de Marte pasó a ser una simple anécdota en el mundo científico, aunque ya hemos visto que no ocurrió lo mismo con la gente de a pie. Cuyas creencias se sustentaban en obras de ciencia-ficción que más parecían realidad que pura invención.

Tras el éxito casi aniquilador de Orson Welles vinieron las famosas “Crónicas marcianas” de Ray Bradbury, en 1950, y mucho más tarde muchas otras obras, entre las que destaca la trilogía ‘Marte rojo, Marte azul y Marte verde’, de Kim Stanley Robinson, ya a finales del siglo XX. Y muchos más libros, películas, guiones radiofónicos… En España, quizá el pionero fue el folletín radiofónico Diego Valor, el piloto del espacio –que cuando yo era niño decía que era el piloto del futuro–, un héroe español de la conquista del cosmos –fue uno de los primeros seriales llevados a la incipiente TVE en 1958, aunque duró apenas un año–, que tenía sus principales enemigos en el Mekong de los Wiganes, verdosos habitantes de Venus, y el general Sandor de Marte, que juntos intentaban conquistar la Tierra desde sus bases militares situadas en los satélites marcianos Fobos y Deimos. Eran los años cincuenta, pero el guionista principal estaba bien documentado…

No hay marcianos, claro… Como escribió Ray Bradbury, “Los marcianos existen… y somos nosotros”. Raros, impredecibles, pacíficos y violentos, irascibles, belicosos… o pacíficos y encantadores, artistas, generosos… Eso, marcianos… de la Tierra.

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¿Qué es Marte en realidad? ¿Es nuestro planeta hermano menor como decimos?

En parte sí, y en parte no. Desde luego, no es el que tiene un tamaño más parecido a nuestra Tierra porque su diámetro es casi la mitad del nuestro. En cambio, Venus tiene una dimensión sólo algo inferior a la de la Tierra. 

Marte tampoco es el planeta cuya órbita sea la más cercana a la nuestra: estando en línea con respecto al Sol esa distancia es, en promedio (un poco más o un poco menos, por la forma parabólica de las órbitas que describió Kepler hace más de cuatro siglos), de unos 78 millones de kilómetros (Mkm), mientras que la de Venus, en las mismas condiciones, es más o menos de 42 (Mkm). Por eso Venus brilla mucho más…

O sea que el verdadero hermano menor, al menos según tamaño y distancia, sería Venus. Pero…

Este planeta de tan poético nombre, que alude a la belleza y el amor, es literalmente infernal, con una densísima cubierta de nubes corrosivamente letales que nos impiden ver su superficie (sólo el radar de algunas naves exploradoras nos ha enviado imágenes que nos dan una idea de su relieve interno). Además, su temperatura media es de más de 400 grados, y la densidad de tan irrespirable aire hace que la presión atmosférica sea noventa veces la de la Tierra. Nadie querría un hermano menor así de terrorífico…

Marte, por su parte, a pesar de su belicoso nombre, es bastante más inocuo. Tiene un suelo rocoso y desprovisto de vida, aunque quizá pudiera haber albergado algún tipo de vida microbiana en el pasado. También posee una atmósfera, nada letal salvo que es irrespirable, porque es tan tenue que su densidad es menos de la centésima parte de la nuestra. Y en los polos marcianos existen dos casquetes polares que se estiman bastante densos, lógicamente más en invierno; casi todo el hielo es de agua. 

El año marciano es casi el doble del nuestro; eso significa que vemos muy bien al planeta rojo durante casi todo un año, porque está en oposición o cerca de ella, y muy mal casi todo el año siguiente, porque se encuentra al otro lado del Sol, en conjunción o cerca de ella. 

La distancia entre nuestros dos planetas pasa por un mínimo (es lo que llamamos oposición), que nunca es inferior a los 55,8 Mkm, y un máximo (lo llamamos conjunción) que puede superar los 400 Mkm.

El 6 de octubre del año pasado, 2020, Marte y la Tierra estuvieron a la mínima distancia de ese año, unos 62 Mkm. El récord de proximidad más reciente fue en 2003, a 55,7 Mkm; llevaba 60.000 años sin ser una distancia tan reducida. Y la próxima vez que ocurra será en agosto… ¡del año 2287! Dentro de “sólo” 166 años.

El eje de giro de Marte sobre sí mismo tiene una inclinación similar, respecto a la vertical (25,5 grados), a la inclinación del eje terrestre (23,4 grados). O sea que en Marte también hay cuatro estaciones, como aquí, pero claro, allí duran casi el doble; recordemos que su año es casi el doble del nuestro.

También el día marciano también se parece mucho a nuestro día: allí dura 24 horas y casi 40 minutos. Un año marciano equivale, pues, a 1,88 años terrestres, casi 686 días.

Las cifras siempre son un poco incómodas, y más cuando hablamos de cientos o miles de millones de kilómetros… Aun así, no nos resistimos a ofrecer algunos datos comparativos que quizá ayuden a comprender por qué, aun siendo Venus más parecido en tamaño a nosotros y estar un poco más cerca, seguimos considerando a Marte como nuestro planeta hermano menor. Venus quizá podría ser algo así como la bruja enemiga del cuento… 

VENUSTIERRAMARTE
Diámetro (km)12.104 km 12.742 km6.780 km
Distancia al Sol (millones de km)  108,2149,6228,0
Duración de su año (en días nuestros) 225365 780
Duración de su día (en días nuestros)24311,2
Temperatura media (en ºC)   46415,5-46
Presión del aire en superficie (en atmósferas nuestras)9010,006
Gravedad en superficie  (en m/s2)  8,99,8 3,7

Además, Venus no tiene satélites. La Tierra uno, y muy grande. Y Marte tiene dos, aunque los dos son muy pequeños y giran muy deprisa en torno al planeta y a poca altitud. El más lejano lo hace a unos 23.000 km de altura y es de menor tamaño, apenas 12 kilómetros de diámetro, aunque su forma no es esférica, sino que más bien parece una especie de patata rocosa. Gira en torno al planeta en algo más de 30 horas, o sea que desde un punto concreto de la superficie marciana parece ir moviéndose muy lentamente. 

Fue bautizado como Deimos, que era en la mitología griega un dios menor, hijo de Ares (Marte para los romanos) y Afrodita (la Venus romana); su nombre evoca el terror y el dolor. 

El otro satélite se llama Fobos, hermano gemelo de Deimos y con quien se juntaba para sembrar el pánico, que es lo que significa su nombre en griego. Al parecer, cuando los dos hermanos no iban juntos su poder disminuía mucho… Por cierto, estos nombres de los satélites de Marte se los puso Asaph Hall, un famoso astrónomo americano, quien los descubrió en 1877. 

Fobos es de mayor tamaño que su hermano aunque de forma igualmente irregular, no esférica; su diámetro mayor es de algo más de 22 km, y gira a poca altitud, unos 9.400 km, y a gran velocidad. Fobos le da la vuelta al planeta rojo en unas siete horas y media, lo que significa que pasa por encima de las cabezas de los supuestos marciano unas tres veces al día… 

Hasta aquí la pequeña historia, mítica y precientífica del planeta rojo, y los primeros descubrimientos en torno a su estado real. Luego vinieron cada vez mejores telescopios, y desde hace casi medio siglo, los satélites de observación, entre ellos el famoso telescopio espacial Hubble, y dentro de poco el James Webb. Y hemos mandado muchas naves automáticas allí, primero rusas y americanas, luego de otros países. Marte está de moda, en cierto sentido; incluso se habla, aunque todavía suene un poco a plan ciencia-ficción, de “terraformar” Marte. En teoría, esto significa conseguir que, en las zonas más habitables del planeta, las que a veces están incluso a temperaturas sobre cero como las zonas ecuatorial y tropicales, pudiera llegar a haber una atmósfera algo más densa, con más oxígeno e incluso plantas verdes… ¿Cómo? Potenciando el efecto invernadero inyectando al planeta más dióxido de carbono y más vapor de agua, a base primero de plantas verdes elementales (cianobacterias, algas microscópicas) y luego otros vegetales verdes quizá más complejo.

Suena futurista y fantasioso, requeriría miles de años, y con todo, el planeta seguiría teniendo una gravedad muy pequeña, incapaz de retener una atmósfera y una suficiente cantidad de agua líquida mínimamente compatibles con la vida. Pero, ¿quién sabe?

Lo que es obvio, es que no hay marcianitos verdes capaces de venir a invadirnos. Una lástima para los soñadores, pero siempre nos queda la ciencia-ficción, a veces más gozosa que la cruda realidad. Bien decía el autor de “Crónicas Marcianas”, Ray Bradbury, que “los marcianos existen… ¡somos nosotros!” Y es cierto que a veces los humanos nos comportamos unos con otros de un modo como mínimo tan cruel como los marcianos de ciencia ficción sembradores de sangre, terror y pánico.

Lástima, quizá…  

Marte, en todo caso, seguirá siendo durante al menos otros 5.000 millones de años más esa especie de hermano menor planetario nuestro, el compañero quizá más amigable para los humanos en nuestras correrías por el inmenso Cosmos. Que recorremos juntos, a la par que el resto de planetas del Sistema Solar, en torno a nuestra estrella madre a velocidades inimaginables -la Tierra lo hace a unos 100.000 km/h-. Además, siguiendo al Sol sin dejar de darle vueltas año tras año, viajamos con él en torno al centro de nuestra Galaxia, la Vía Láctea, a unos 250 km por segundo, casi un millón de kilómetros por hora. Nuestra estrella y su cortejo planetario tarda entre 225 y 250 millones de años en darle una vuelta completa a la Vía Láctea; es un año galáctico… Y desde que existe el Sistema Solar ya le hemos dado más de 20 vueltas a la galaxia, y suma y sigue. Y lo interesante es que, a su vez, la Vía Láctea se mueve respecto al fondo cósmico de microondas a unos 550 km/s, dos millones de km/h…

Ya digo, vecinos de viaje cósmico. Para siempre… Al menos, hasta la muerte del Sol, claro, dentro de esos 5.000 millones de años ya citados… 

Tranquilos, pues; ¡no será pasado mañana!

Manuel TOHARIA

Verano de 2021

Manuel Toharia

Director Científico de la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia

Conferencias del evento concierto Marte y Música en Otro Mundo Mejor, que precedieron al concierto, filmadas por Ignacio R Rosillo. Los conferenciantes Manuel Toharia. Pedro SDerena. José Antonio Rodríguez Manfredi